Infértil, no impotente

Niño corriendo a abrazar a su padre.

A pesar de la formación e información de que hoy disponemos, todavía hay quien no acepta con naturalidad sus dificultades para concebir un hijo.

En el caso concreto de los hombres, no es raro que un diagnóstico de infertilidad se asocie con un deficiente rendimiento sexual.

Estefanía Pereira, coach en un centro de reproducción asistida, comprueba a diario cómo la vergüenza causada por una cuestionable virilidad merma la autoestima masculina hasta el punto de impedir sincerarse con la pareja.

Fuerte sentimiento de culpabilidad

Se creen culpables por «no dar la talla» e incluso por fracasar como soporte emocional cuando la diagnosticada es ella.

En definitiva, sufren por la concepción frustrada, por ver que sus compañeras deben someterse a penosos tratamientos y porque tal vez habrían sido más felices con otro hombre capaz de propiciar el embarazo.

En mi consulta he escuchado a más de uno infravalorarse en esos términos. Alarmante, ¿no? De hecho, parte de la terapia se centra en trabajar la confianza para asumir una responsabilidad (que no culpa) compartida.

Compartida en el sentido de que corresponde a dos, y no por casualidad: Haber elegido a alguien cuya biología pone trabas a la descendencia, a nivel inconsciente significa la solución a un conflicto. Por algún motivo (que habrá que explorar), esa persona es la necesaria.

La falta de comunicación complica el problema (recuerda el artículo «La (in)fertilidad es cosa de dos»), pues favorece el riesgo de depresión, la tensión, la incomprensión, el reproche… y paulatinamente va minando la relación.

Si a eso se une la falta de apoyo, el sentimiento de culpabilidad aumenta al tiempo que se desvanece la esperanza de encontrar soluciones.

Estamos en el camino hacia conseguir que se normalicen tanto la infertilidad como las técnicas destinadas a propiciar el embarazo; sin embargo, aún queda mucho recorrido.

Poco a poco, vamos desmontando prejuicios y tabúes. Un primer paso. El siguiente consiste en trabajar por una mejor atención a los varones infértiles, puesto que la mayor parte de las investigaciones se centran en la mujer y ellos acusan la carencia o insuficiencia de tratamientos propios.

La infertilidad ignorada

Según el doctor Miguel Ruiz, vicepresidente de la Sociedad Española de Fertilidad, tenemos motivos para preocuparnos por las consecuencias derivadas de una mala salud reproductiva; sin embargo, la masculina se ha ignorado, y a menudo las pruebas se limitan a un análisis de semen, que aporta datos muy sesgados.

¿Por qué esa desatención? ¿Acaso el instinto paternal está menos desarrollado que el maternal?

¡Pues adiós al mito! La encuesta Los hombres y la fertilidad, elaborada por la compañía Merck, revela que el 66,2% de los varones ratifica su voluntad de ser padre, un número cuatro puntos por encima que la media femenina (62,5%).

Se impone la necesidad de actuar ante cualquier tipo de desorden.

La decisión de ser padres

No cabe duda de que en las últimas décadas se ha retrasado la edad de procrear, por razones similares en ambos sexos: estabilidad económica y laboral, estilo de vida, promoción profesional, situación familiar… Todos ellos, condicionantes sociales o culturales.

Cuando lo que pospone la decisión es un revés de la naturaleza, nos encontramos con que afecta a un 16% de las parejas, y que en el 40% la causa reside en el hombre.

Pasar a la acción

Gareth Down, uno de esos infértiles olvidados por los servicios de salud, alertó sobre el abandono frente a las cámaras de la BBC y lo ejemplificó con su propia experiencia:

A los 20 años, le informaron de que padecía azoospermia (ausencia de espermatozoides). A los 31, su deseo de convertirse en padre lo llevó a buscar ayuda… infructuosamente. En ese momento, creó un grupo de apoyo al que pudieran acudir otras personas en una situación como la suya.

Tras pasar por un proceso de nueve ciclos y por cuatro abortos espontáneos, Gareth y su esposa lograron tener un bebé al cabo de ocho años intentándolo. Aparte de las penurias del procedimiento médico, el desgaste personal y afectivo a lo largo de ese tiempo fue considerable.

¿Mereció la pena? ¡Desde luego! Lejos de conducir a una salida, tirar la toalla solo garantiza el fracaso. El que la sigue la consigue, y solo la acción provoca un resultado. Además, al visibilizar ante los medios esta realidad callada, su testimonio contribuyó a una mayor sensibilización social y sanitaria.

La importancia de expresarlo

Susan Seenan, directora de la ONG Infertility Network, anima a los hombres a tomar como referencia el ejemplo de Gareth Down y a expresarse abiertamente, porque «son la mitad de la ecuación sobre fertilidad y cuando no pueden crear la familia que desean sufren física y mentalmente tanto como las mujeres».

Por eso, en el programa terapéutico «Las leyes de la fertilidad» se les ha reservado un espacio también para ellos.

Para sus temores e inquietudes; para sus frustraciones y complejos; para acompañarlos en la complicada tarea de redefinir el concepto de valentía, que no consiste en hacerse el fuerte ante los reveses de la vida, sino en aceptarse y confesar que sienten y padecen; para darles la mano mientras se enfrentan a sus miedos y deciden confiar… EN LA VIDA MISMA.

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